martes, 13 de enero de 2015

“El tamaño del fracaso de las políticas de Maduro se mide en colas”

El tamaño del fracaso de las políticas económicas del gobierno se mide en colas. Todas las distorsiones ocasionadas por el control de cambio y los controles de precios toman la forma de una serpiente ansiosa alrededor de los supermercados. Y mientras el problema se agrava, los voceros del gobierno emiten declaraciones que producen tanta calma como el grito de “¡Fuego!” en un teatro de madera. 

Las colas en Venezuela no son un fenómeno nuevo. En este siglo, llegaron con los primeros efectos de los controles a finales del 2004. En aquellos tiempos aparecieron con modestia, esporádicas, casi como una curiosidad. Luego la escasez comenzó a arreciar y ya para el 2007 eran comunes, aunque no estaban generalizadas.

La distribución de las colas nunca fue simétrica. En Caracas siempre hubo menos, pues el gobierno privilegió el abastecimiento de la capital. Para el Poder, mientras más lejos estén los problemas, mejor.

Y las serpientes sólo son peligrosas de cerca.

Pero ahora Caracas también ha sido tomada por las colas y el problema se ha hecho más difícil de ignorar.

Alguien dijo que los anaqueles vacíos eran típico de los meses de enero. La realidad es contundente: basta mirar alrededor para darse cuenta de que ningún país del mundo sufre escasez en enero ni de colas para comprar alimentos. De hecho, si nos atenemos a los datos publicados por el Banco Central de Venezuela, desde el 2009 hasta el 2013 —el año de El Dakazo—, hubo dos años en los que el índice de escasez fue menor en enero que en diciembre y dos en los que los índices fueron prácticamente idénticos. Con esa información oficial, es difícil atribuirle al ya atribulado mes de enero la responsabilidad de la escasez que sufre Venezuela.

Vacaciones colectivas o días feriados o picos de consumo estacionales no tienen porqué interrumpir una cadena suministro que trabaje con normalidad. Para eso se toman previsiones de producción y distribución. Pero eso sólo puede hacerse donde existen condiciones que lo permitan y la incertidumbre no derrote cualquier intento de planificación empresarial.

[Ya no podremos saber si oficialmente en este enero hay más escasez que en diciembre porque el BCV decidió no publicar más los índices de escasez. La última cifra indicaba que la escasez se ubicaba seis veces más que lo que el BCV considera normal para un país.]

Se ha dicho que hay muchos buhoneros en las colas. Y no lo dudo, aunque sería difícil de cuantificar la proporción de personas que hacen cola por negocio y las que son consumidores finales. Es otra de las consecuencias de los controles de precios. Los buhoneros arbitran entre dos precios: el de los productos regulados y el de la calle. Y mientras los precios sigan rezagados, serán mayores los incentivos para que busquen los productos de primera necesidad y los revendan a precios de lujo.

Es el mismo tipo de incentivos al contrabando: mientras se mantenga el diferencial de precios en la frontera, los productos seguirán atravesándola, atraídos por el atractivo de ganancias exorbitantes. Y no habrá —ni ha habido— cierre de fronteras que pueda con el poder lubricante del dinero que pasa debajo de la mesa.

También se ha dicho que las colas son consecuencias de los nervios. Y hay algo de cierto en esto. Cuando la gente ve que hay muchas colas, sabe que la probabilidad de que se agoten los productos es mayor, algo que se convierte en un estímulo para hacerlas y comprar. La escasez se convierte entonces, al menos parcialmente, en una profecía autocumplida y los inventarios se trasladan de los centros de distribución y anaqueles a las cocinas de los hogares. Esto ayuda a soportar el consumo mientras duran los inventarios domésticos, en aquellos hogares que lograron construirlos.

Es el viejo instinto de supervivencia humana, alertado por los espacios vacíos en los anaqueles. Y no se puede olvidar que quienes menos tienen —los más vulnerables— son los que menos pueden acumular.

También la escasez profundiza la desigualdad.

La escasez, las colas y el racionamiento sólo se acabarán cuando los ciudadanos confíen en que la oferta disponible de productos presente y futura está garantizada. Eso no depende de una declaración oficial ni de un llamado a la calma ni de negar la existencia de escasez. Depende de que se restablezcan condiciones para la inversión privada y el comercio internacional que permitan un aumento sostenible en la oferta disponible. Como lo hizo alguna vez China. Como lo hizo alguna vez Brasil. Como se puede hacer en Venezuela.

Hoy el gobierno está atrapado en su propia narrativa. Sus representantes se aferran al cada vez menos eficaz discurso de la guerra económica y pretenden obviar las consecuencias de sus políticas.

Apuestan a ganar batallas imaginarias. Somos el daño colateral de una guerra que no existe.

La tentación de formalizar el racionamiento para esconder las colas ha reaparecido. Ya el número de nuestra cédula limita las cantidades y las oportunidades en las que podemos comprar en Venezuela. Y regresan las medidas de ocupación de empresas que sólo nos recuerdan los fracasos de Agropatria, Sidor, Lácteos Los Andes y tantas empresas más. Es intentar tapar un hueco cavando más profundo.

Aquellas medidas de importaciones masivas (que en el pasado aliviaron el problema de abastecimiento) hoy están imposibilitadas por la disminución de las divisas disponibles. La economía venezolana entró en recesión con el petróleo a cien dólares el barril. Y el precio del petróleo ahora se acerca a los cuarenta justo cuando más dependemos de los ingresos que generan los hidrocarburos. Quizás sea la hora de recurrir al Fondo de Estabilización Macroeconómica, aunque creo que los tres millones de dólares allí depositados no serán de mucha ayuda.

En el 2013, con el petróleo a cien, casi dos millones de venezolanos descendieron a la pobreza de acuerdo con los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística. No hay datos para el 2014, pero podemos imaginar los resultados. Nunca había sido tan necesario que el gobierno reconozca el problema económico y rectifique: el objetivo no debe ser ocultar las colas mejorando las técnicas de racionamiento, sino eliminar sus causas. La escasez en Venezuela no es una condena: es la consecuencia de políticas equivocadas que pueden y deben ser modificadas.

Y ya no hay tiempo para encantar serpientes: están demasiado cerca.


Por Angel Alayón / Prodavinci